
Una vuelta a nuestras raíces
Carlos Iparraguierre uno de los fundadores de Los Cardos nos cuenta cómo fueron los inicios del Club
¿Cómo surge la idea de crear el Club?
La idea siempre estuvo dando vueltas por mi cabeza, yo había aprendido a jugar al rugby y hasta participado en torneos, formando parte de equipos del colegio porteño Champagnat. Por ello cuando regresé a Tandil la idea no esperó más y me impulsó a formar un equipo entre amigos pensando en divertirnos y viajar.
Así el 17 de enero de 1966 sucedió la decidida fundación, de la que en 2016 se cumplirán las Bodas de Oro.
Cuando miro hacia a tras pienso que la idea fue feliz y vaya si prosperó, gracias a que nuestros seguidores fueron fieles a los fundamentos del primer día y celosos defensores del espíritu inicial. En suma, un acto de amor entre amigos de verdad prolongado a través de dos y hasta tres generaciones.
Porque la muchachada que nos siguió conoció nuestras ideas formadoras, las asimiló con pasión, las practicó, las vivió íntegras y las inculcó a sus seguidores. Creo que educados de esa manera, como lo están todos, no hay profesionalismo alguano que pueda quebrar el espíritu fundador.
En unos años Los Cardos cumplirá su 50º aniversario ¿Qué sensaciones te produce esto?
En principio cuesta creerlo, desde que supera cualquier sueño que haya tenido. Enseguida, ya bien parado en la sensacional realidad institucional me produce una sensación agridulce, ya que también me invita, una vez más, a pensar en mis compañeros de fundación que ya no están. Esa agria melancolía se vuelve llevadera y hasta orgullosa porque la invade la alegría de imaginarlos así también a ellos.
Como fundador de Los Cardos ¿Qué mensaje podés darnos a quienes formamos parte de esta familia?
Que se sientan así, en familia, gozando el mensaje escrito por los fundamentos de nuestra filosofía deportiva inicial: compañerismo, pasión, respeto y compromiso. A los chicos y adolescentes, los invito a pensar que el mundo no se termina en la computadora; que la vida sólo empieza en ella porque a cielo abierto, alimentadas por la Naturaleza, están las cosas más importantes de la existencia: las que no se ven porque están en la conciencia.
A los jóvenes, que no hay nada imposible cuando existe el deseo encendido de lograrlo; que depositen en el Club un fuerte sentido de pertenencia que nunca afloje.
A los padres, que el rugby es una excelente escuela que prepara, inclusive, para el inevitable momento de soltarles la mano a los hijos. Seguro que si así lo interpretan lo harán con más fe en ellos todavía.
Y, por último, a los abuelos, les digo que no se equivocan en nada si confían en ese paraíso verde a cielo abierto. Tengan la certeza de que está trazado por los pinceles de la pasión y el esfuerzo. Una herencia inigualable.
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